ASESORAMIENTO FILOSÓFICO

Una de las prácticas filosóficas más novedosas y en boga en el ámbito del autoconocimiento, el análisis y la introspección personal. Aunque su origen se remonta a las sesiones que Gerd. B. Achenbach propuso bajo el rótulo de «consultoría o asesoramiento filosófico», la evolución, expansión y ramificación de las metodologías por las que podemos llevar a cabo este ejercicio filosófico, hacen de esta rama de la filosofía práctica un campo en constante desarrollo y con una perspectiva prometedora y abierta.

El coach y la palabrería

Se podría decir que nadie puede enseñar nada que no ha experimentado (y, por tanto, aprendido) Por ello, la palabra del cura, el coach o cualquier tipo de figura de poder discursivo que, desde un estilo cognitivista, pretenda fijar los límites de lo que puede ser conocido (y, por tanto, enseñado) encierra un enorme peligro: la de limitar el deseo del consultante a los prejuicios teóricos (o prácticos) del supuesto guía o caer en lo que en la psicología clásica ha denominado como proyección. Esto no implica, por otra parte, que esta palabra carezca de valor: es precisamente el valor que le damos lo que ha permitido el desarrollo de la psicología cognitivo-conductual y ha posibilitado numerosos descubrimientos en el amplísimo campo de estudio que supone la psiqué humana. Lo que no hemos de olvidar es que esa posición del psicólogo, el cura, el coach… Da valor a su palabra, incluso en aquello que él mismo no ha vivido, no ha experimentado y, por tanto, no ha aprendido (aunque, apelando a la universalidad de las emociones, puede empatizar con ello) Esto, a efectos de consultorio, carece de importancia, pues esa palabra es argumento de autoridad en la medida en que alberga una promesa de salvación. Si a esto le sumamos la urgencia de la ayuda por parte del asesor (ese nefasto Síndrome de Mr. Wonderfull que reza «Everything is possible») tenemos el cocktail perfecto.

Por no caer en una excesiva simplificación que no hace justicia en absoluta al paradigma cognitivo-conductual al completo, hablaremos más bien de prácticas centradas en la visión del paciente como un cliente al que, desde una óptica marcadamente capitalista, se le crea una ilusión de felicidad: la promesa de que el pago de su deuda podrá solventar el dolor, el miedo y la ansiedad. Se superpone así un deseo falso, a fin de cuentas, ya que nadie más que uno mismo puede satisfacer la conformación de un horizonte de sentido, la asunción de la propia perspectiva vital y la generación y consolidación de un sistema de valores personal que tienda a la homeostasis.

¿Cómo trabajamos en asesoramiento filosófico?

En este sentido, el asesoramiento filosófico se presenta como una propuesta práctica de base filosófica en la que el consultante busca encarnar una pedagogía propia con la que rastrear y rastrearse desde la emoción, la creencia y la puesta en acto. La particularidad del asesoramiento filosófico reside, como es evidente, en la perspectiva filosófica, en la necesidad de descubrimiento y mejora personal y, en mi opinión, en la imposibilidad de realizar esa tarea o quehacer de mejora sin el empoderamiento propio consustancial a la filosofía.

Por esto se discute también si la felicidad es algo que pueda aprenderse o adquirirse por costumbre o por cualquier otro ejercicio, o si sobreviene por algún destino divino o incluso por fortuna (…) Parece que aun cuando no sea enviada por los dioses sino que sobrevenga mediante la virtud y cierto aprendizaje o ejercicio, se encuentra entre las cosas más divinas (…) Es además común a muchos, ya que lo pueden alcanzar mediante cierto tipo de aprendizaje y estudio todos los que no están incapacitados para la virtud

Desde el momento en que no hay una posición de superioridad por parte del asesor no podemos adjudicarle un saber privilegiado y, por ello, puede guiar en aquello que no sabe (que no ha vivido o experimentado pero que reconoce como la vivencia de un Otro) hacia el descubrimiento socrático y mayéutico2. Es por ello que la ausencia de imposición del deseo por parte del asesor ha de ser radical y mantenerse en la más absoluta asepsia.

Nuestra propuesta en la consulta parte de una actitud inicial por parte del asesor de comprensión y suspensión del juicio: no debemos emitir juicios valorativos a propósito de los valores fundantes y las acciones que de ellos se derivan que trae el consultante. En este punto podemos plantearnos cómo un simple asesor filosófico (que suponemos sin medios clínicos de ningún tipo y sin herramientas psicológicas canónicas) puede identificar qué tipo de situaciones existenciales puede abordar de una forma honesta y cuáles no. Es evidente que la crítica que podamos efectuar a la excesiva medicalización y a la clientización de las terapias inherente al desarrollo del paradigma cognitivo-conductual no debe eximirnos de la honestidad de elucidar si el sujeto que habla delante de nosotros es susceptible de ser asesorado desde un planteamiento puramente filosófico o necesita de otro tipo de tratamientos. Para ello, y desde mi punto de vista, el asesor debe mantener una actitud responsable y hacerse cargo de aquello que puede enmarcarse en el contexto de una reflexión puramente existenciaria. Además es muy recomendable la formación complementaria en cualquier tipo de terapias o rama de la psicología (sea esta más científica o humanística) que el asesor considere acordes a su planteamiento y que le permitan comprender de una forma holística el funcionamiento de la psiqué humana desde diferentes perspectivas.3

A tal fin responde la batería de cuestiones que proponemos a continuación y que el asesor debería plantearse tras la o las sesiones iniciales o de contacto con el consultante:

– ¿Es el discurso del consultante susceptible de ser problematizado desde conceptos filosóficos fundamentales? Recurrencia a los conceptos clásicos: bondad, belleza, verdad.

– Si esto es así, ¿podemos suponer que la elucidación de dichas cuestiones desde una perspectiva filosófica puede mover al sujeto a determinados fines prácticos? ¿Encontramos un interés o motivación por el cambio de valores o actitudes en el discurso del consultante?¿Percibimos únicamente un deseo de problematización teorética?

– ¿Cómo llevar a cabo una escucha de forma comprensiva ante una situación planteada por el consultante que choque frontalmente contra los valores más básicos, la buena voluntad o los Derechos Humanos? Anímica y psicológicamente hablando: ¿me encuentro en disposición de abordar esta escucha y ayudar?

– ¿Hay un interés más o menos explícito por la filosofía académica?

Uno de los primeros objetivos del asesor es la detección de las creencias fundantes de valores y actitudes que parecen conflictivas y problemáticas, que limitan y condicionan la plenitud vital. Estas creencias están efectivamente referidas a los tres ámbitos fundamentales que hemos apuntado: uno mismo, los otros y el cosmos. El ejercicio fundamental que llevaremos a cabo es el cuestionamiento del origen y la veracidad de esas creencias, para lo que será necesario que el asesorado exponga las razones que las sostiene. Una vez puestos en cuestión por el propio sujeto, se le invita por lo general a que examine, de la forma más lúcida y atenta posible qué estados afectivos asocia a dichas creencias. Un buen ejercicio mayético ha de cerrarse siempre desde una comprensión sentida o emocionalmente centrada por parte del sujeto, es decir, el asentimiento o negación de aquellas conclusiones, parciales o totales, a las que ha llegado en la o las sesiones. Igualmente, es el propio asesorado el que debe indagar que consecuencias prácticas se derivan del sostenimiento o negación de las comprensiones alcanzadas y cómo estas mueven el sistema de creencias que conforman su cosmovisión.

El Análisis filosófico debe entenderse como un ejercicio filosófico para tratar las neurosis comunes. Se trabaja con las falacias en los conceptos y las creencias del consultante. En este sentido, ya que no podemos ayudar a una situación que no podemos comprender (¿podemos aprender únicamente de forma comprensiva desde la empatía? No, podemos aprender desde el amor, desde la transferencia) es la propia comprensión filosófica la que nos facilita el camino del acompañamiento, guardando las distancias con el discurso paternalista y moralista y solventando de este modo los problemas que pueda generar esa pretendida visión ofrecida por el predicador al pretender imponer un código moral. Ni siquiera podemos señalar al sujeto las posibles soluciones que la vida le ofrece porque, a nuestro parecer, esas soluciones son las moralmente correctas. Únicamente debemos presentar un corte al discurso del sujeto si observamos una situación extrema de peligro (suicidio inminente, etc…)

Podemos detectar, en este sentido un problema: si la tarea del asesor no puede ser interpretativa ni prescriptiva, sino que deba ajustarse lo mejor posible a la descripción, podemos caer de nuevo, en la paradoja del “buen intérprete”: aquel que describe mejor la situación, está en condiciones de devolver al asesorado una posición más aséptica o referencial, en todo caso, más objetiva. De nuevo el asesor se convertiría en una autoridad discursiva al ofrecer las descripciones válidas frente a las in-válidas del asesorado. Esto, a mi entender es en buena parte falaz ya que el lenguaje (y el diálogo por definición, específicamente el filosófico) requieren de una dosis necesaria de interpretación para elaborar la comprensión: el significado, en su carácter dinámico, sólo puede mostrarse como veraz, en el sentido que venimos esbozando, en la medida en que atraviesa una serie de vehiculaciones interpretativas. Poner el ejemplo de Paula ¿qué es el alma?

Pretender ponerse en el lugar del descriptor ideal de la situación emocional y vital del otro es uno de los problemas centrales de terapias como la psicoanalítica, interpretativa por definición, que le ha llevado a ser considerada poco menos que una pseudociencia. Pero ignorar la capacidad simbólica inherente a todo lenguaje, más el articulado, es dar la espalda a un factor crucial en todo proceso de aprendizaje: compartimos aquello que consideramos conocimiento (o, en todo caso, lo que consideramos que responde a un intuición de verdad/ saber…) mediante formas lingüísticas. Si el asesoramiento filosófico quiere realmente desmarcarse de movimientos y relaciones de ayuda como el coaching debe cuidar de una forma especial este punto, ya que es uno de los puntos clave a los que se recurre para diferenciarlo de otras relaciones “terapéuticas”. ¿Cómo evitar la moralina, el consejo incluso, el dogmatismo o la proyección en una relación basada en una praxis filosófica responsable?

Haciéndose conscientes de ello y manteniendo esta consciencia en la praxis filosófica concreta: dado el carácter estructuralmente simbólico del lenguaje (y en AF se trabaja fundamentalmente con construcciones lingüísticas) hemos de ser conscientes de la imposibilidad de no transferir significaciones subjetivas, interpretativas… Por ello, lo más responsable a mi entender es trabajar con ellas, es decir, considerar el desplazamiento del significado como una herramienta más en procedimientos específicamente filosóficos, como pueden serlo especialmente el análisis conceptual. Poner el ejemplo de Paula ¿qué es el alma?

Asumiendo una filosofía personal y madurada que se ha ido conformando con una suerte de coherencia al hilo de la propia vida como base del planteamiento didáctico que se ofrece: no podemos improvisar un centramiento que nosotros no tenemos . Asesorar desde la filosofía implica recorrer un camino personal con alguien y que se detona en el impulso de compartir la experiencia práctica de la filosofía en la propia vida. Poseer un enfoque filosófico no significa en ningún caso enseñar prioritariamente o únicamente desde los autores o corrientes que configuran esa orientación epistemológica sino poseer un entramado filosófico de referentes capaces de dar cuenta del problema del aprendizaje mismo así como de las preguntas y problemas fundamentales de la filosofía. Por supuesto, poseer un enfoque que vehicúle una relación de filosofía práctica no está reñido con hacerlo explícito a aquel que desea acerarse al discurso filosófico con el fin de que comprenda nuestra metodología de base. Ej. los alumnos conocen el enfoque didáctico-filosófico que yo utilizo y, por ello, pueden transitar mejor en las diferentes filosofías ya que este enfoque les hace de cimiento sobre el que articular una posición personal en los problemas filosóficos que les preocupan y que les son planteados.